• Mariana Escobar

Isabel Y Mariana...


Mariana se levantó de la cama. Autómata, como parecía serlo desde hacía varios días y aún con su batola de dormir, se asomó por la ventana de su habitación, empañada aquella mañana a causa de la lluvia que caía sin cesar. Abajo, en el gran patio del castillo, la vida parecía volver tranquilamente a su cauce. Aquí y allá, miles de sirvientes en las tareas cotidianas que parecían nunca acabar; y unos cuantos de ellos, con sus rostros en tensión, siguiendo las órdenes del Maestresala en los preparativos de su propia boda, aquel fastuoso teatro que había sido tan abruptamente interrumpido dos meses atrás.


Qué relativo era el tiempo. Ya habían transcurrido dos meses desde entonces, y los sucesos se agolpaban en su mente, como si todo hubiese sido ayer. El secuestro. La aparente felicidad de los momentos vividos en cautiverio. La cruel verdad. El asesinato. Aún eran recuerdos demasiado intensos, demasiado recientes, demasiado dolorosos, y sin embargo, no había derramado una sola lágrima hasta entonces. No había rodado por sus mejillas el abrasador consuelo del llanto ni por un instante, ni siquiera en el momento fatal en que había dejado a Felipe allí, en el suelo, desangrándose gota a gota frente a sus ojos, la sangre fluyendo de su herida tan copiosamente como del puñal.


-¿Aún no se ha levantado?

-No lo sé, está como ausente

-Ha estado así desde que volvió… No sale de ese cuarto, no mira a nadie, no habla con nadie… Se la pasa mirando la ventana, como si creyera que todavía la tienen prisionera

-¿Se habrá vuelto loca?

- ¿Y quién no enloquecería con todo lo que le ha sucedido?

-Es una lástima… Antes era tan dulce y buena como su padre

-¡Un hombre tan digno! Es una lástima que hubiese muerto

-Y ahora su hija… casi tan loca como su madre

-La locura a veces tarda en manifestarse. Quién sabe, todo lo que pasó, y lo que dicen que hizo, ya sabes… mírala ahora

-Tan déspota y tirana como la inglesa. ¡Pobre rey, que Dios lo tenga en su gloria!... Lo que sufriría viendo en lo que se ha convertido este reino, en lo que se ha convertido su hija

-Y pensar que, aun así, piensa casarse…

-No sé qué será de este pobre reino, ni de esa pobre chica

-Ni lo digas… Lo que será de nosotros, cuando sea la reina

-¡Dios nos libre!


Sabía lo que decían de ella. Siempre se puede contar con la servidumbre para saber lo que se murmura y que otros pretenden ocultar. Sin embargo, sabía que ese era el pensamiento de todos, incluso de su madre. Qué absurdo. Pensar que esa mujer sin entrañas ahora la miraba como si fuese una extraña, como si se hubiese convertido en una criatura desconocida y ajena a la hija que había criado… Quizás la gente tuviese razón. Después de todo, ella ya no era la misma. Con la sangre seca del puñal, y sin una gota de dolor en sus ojos, había demostrado que no era la hija de Alfonso, el bueno, como se pensaba, sino el vivo retrato de la inglesa. La hija de Isabel Stuart, que también llevaba el suyo entre los miles que componían su nombre de pila; la que había heredado su corazón de hierro, sus entrañas de piedra. Ella habría hecho lo mismo, o quizás algo aún peor… Anteponer el honor y el deber a los sentimientos, a costa de lo que fuera ¿No fue eso lo que siempre le enseñó?


Sí, todo el mundo hablaba. Sin embargo, nadie sabía lo que verdaderamente estaba pasando por su mente. ¿Se arrepentía? No. Había cumplido su promesa, había efectuado su venganza. Entonces… ¿por qué las pesadillas? ¿Por qué las oscuras sombras que rodeaban su alma de día? ¿Por qué los terribles fantasmas que la asediaban de noche? Una y otra vez en sus sueños, volvía a ver esos ojos fijos en ella y dilatados por el terror –densas sombras enturbiando aquel verde en el que ella se había perdido tantas veces-, mientras él se desvanecía en el suelo sin dejar nunca de mirarla, como si antes de morir tratase desesperadamente de encontrar en la negra intensidad de su propia mirada, la respuesta a ese doble dolor que le atravesaba el alma y el cuerpo. Como si en cada débil dilatación de sus pupilas pudiese contener las miles de preguntas que la pérdida de sangre hacía imposible brotar de sus labios, y no quisiese morir sin entender por qué aquella criatura que le había devuelto la vida, hoy lo entregaba a la muerte.


-Tv in ea et ego pro ea- le había dicho a Felipe, antes de que perdiese el conocimiento. Tú en ella y yo por ella.


Por la atroz manera en la que había muerto su hermana; por el lento sufrimiento en el que había agonizado su padre, tras la pérdida de su heredera; por la intensa soledad en la que ella había crecido tras la tragedia, por su infancia y su inocencia perdidas. Por la vida que, a los cuatro años, él le había arrebatado sin haberla tocado, convirtiendo en un infierno cada uno de sus días. Qué importaba que hubiese dejado el corazón en ese cuerpo casi exánime -otra cosa que él le había quitado y que ya no le servía para vivir-. Su deuda con el pasado estaba saldada. Sus muertos podían descansar en paz.


-Margarita, he cumplido mi promesa… Permíteme ahora llevar la corona de nuestro padre, y que hubiese sido tuya… Ya os he vengado a los dos.


Y entonces, por primera vez, sintió correr por sus mejillas tiernas y calcinantes lágrimas, que fueron brotando lentamente de sus ojos cerrados, y que se fueron mezclando con las pequeñas gotas de lluvia que entraban por su ventana. Las contó. Catorce en total, una por cada año que había perdido por culpa de la traición y la ambición de un hombre; una más por los dos últimos meses, en los que él había terminado de matar todo lo bueno y noble que aún quedaba en su alma. Allí supo que sería capaz de seguir viviendo, pese al corazón que había desgarrado en el proceso, pues en cada lágrima y cada gota de sangre que ambos habían derramado, habría de purgar el dolor que le había secado las entrañas. Todo estaba cancelado, así supiese que una parte de su ser, la dulce y siempre inocente Mariana, había muerto también bajo el yugo de aquel puñal. Después de todo, aún le quedaban mil nombres; mil rostros que habrían de suplir cada vacío que la tragedia pudiese dejar en su ser a lo largo de su vida. Aún podía poner, por lo pronto, el velo nupcial y la corona de sus antepasados en la cabeza de su nueva identidad: la futura reina Isabel.


Y con esa certeza, se alejó para siempre de las sombras del pasado y del abismo de dolor que aún parecía querer colarse por su ventana…


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