• Mariana Escobar

El Color De Las Tempestades



Aquel día, por primera vez en el corto tiempo que llevaba de estar allí, estaba a punto de llegar tarde. Una llamada a última hora, larga, aburrida e imposible de cortar sin parecer grosera -como suele pasar con todas las llamadas inoportunas-, era la causante de aquella posible mancha en mi intachable historial. Corrí a través de la oscura calle, con toda la destreza y la velocidad que permiten unos tacones y un andén resbaloso después de un día de lluvia, y con la esperanza aún viva de que el reloj me ayudara un poco a evitar la vergüenza. Curiosamente, ese día el reloj decidió tener piedad de mi mala suerte y llegué con el tiempo justo para sonreír con pausa a modo de saludo y sentarme en el rincón que desde hacía meses parecía pertenecerme, a la espera silenciosa de que todo empezara una vez recuperara el aliento. Con toda la inocencia de quien cree en la bondad del "destino", pensé que cualquier posible dificultad había muerto en la puerta, tras el último saludo.


Sin embargo, no necesité esperar mucho tiempo ni dirigir muy lejos mi mirada, para darme cuenta que si el tiempo no se ensañaba conmigo, era porque una especie de fatalidad ya me había reservado como presa de la noche. Porque a unos cuantas filas de distancia, equivalentes a un mar infranqueable en términos de añoranza, se encontraba alguien cuyo rostro, sepultado en el olvido, había vuelto desde los rincones oscuros de mi memoria para materializarse de nuevo y desenterrar una que otra emoción desdibujada, y cuya presencia supo cortar nuevamente mi respiración y me aceleró un poco el pulso, ambos casi recuperados de mi maratón bajo la lluvia.


Si he de ser sincera, ignoro si fue el recuerdo o la sorpresa lo que ocasionó el principio de taquicardia que sufrí en aquel momento y que me pareció tan infantil. Y es que acostumbrada a tantos meses de ausencia y al cierre intempestivo de todos nuestros lugares comunes, mi corazón se había hecho a la idea de no volverle a ver jamás, sin que mis labios hubiesen hecho más que desdibujarse en una mueca de desilusión ante dicho panorama. Pero en ese instante, sentada en aquella silla solitaria, viéndole de nuevo en una silla tan solitaria como la mía, me di cuenta que si mi corazón no sabía extrañarlo cuando estaba lejos, sí parecía sobresaltarse alegremente cuando se encontraba cerca. Turbada por ese pensamiento, retiré bruscamente la vista y anhelé con todas mis fuerzas que iniciara la reunión para ocupar mi mente en otra cosa; pero esta vez el tiempo no sería tan complaciente con mis súplicas y en su lugar extendió el sufrimiento por unos cuantos minutos que parecieron eternos, durante los cuales no pude evitar contemplarle a lo lejos, como si quisiera grabarme de nuevo en las pupilas aquella figura que momentos antes era casi desconocida, y que ahora ocupaba todo mi horizonte.


Lo primero que pude notar fue que, al menos físicamente, no había cambiado nada. Seguía teniendo una figura esbelta, cuya elevada estatura guardaba una proporción casi áurea con su contextura delgada, y aquella sencilla y ligera barba rubia que le hacía ver mayor de lo que en realidad era, pero que acentuaba ese aire de severidad y solemnidad que lo caracterizaba. Aquella noche vestía de manera sencilla, con una camisa polo de color negro, un pantalón caqui de dril y unos zapatos deportivos, también negros, que se me antojaron bastante bonitos; todo en su conjunto le hacía verse agradablemente descomplicado sin menguar en lo absoluto su varonil atractivo, pues más allá del atuendo –redescubrí con complacencia-, poseía una elegancia natural que resaltaba la singular belleza de sus rasgos, sin esforzarse demasiado. Al menos a mis ojos, esa noche se veía increíblemente apuesto, y la consciencia de esa verdad me hizo sonrojar un poco.


Pronto pude percatarme, continuando el análisis, que su exterior no era lo único que se mantenía invariable. Doblada la espalda hacia adelante y los codos apoyados en las piernas, "él" –me abstengo de pronunciar su nombre- permanecía indiferente del mundo, absorto en su impenetrable silencio, y hundido en ese empedernido hermetismo que en vano había intentado yo romper meses atrás, en la búsqueda de una sonrisa. Y me sorprendí de nuevo por esa aura de nostalgia que parecía emanar de su interior, y de aquella aparentemente voluntaria soledad que el mundo solía confundir con altivez, pero que en ese instante se me antojaba algo muy parecido al abandono, como si aquel muro de silencio que se había vuelto su escudo, guardase en su interior a un niño triste y solitario y no al hombre desdeñoso que a veces parecía. Fue entonces cuando comprendí que era esa empatía natural por aquel niño solitario –más que su manifiesta inteligencia- el secreto de la intensa e inevitable atracción que él ejercía sobre mí, como una especie de curiosidad mezclada con ternura que alimentaban a borbotones mi febril imaginación.


Pero fueron sus ojos, de mirada inteligente y ligeramente taciturna, los que captaron más poderosamente mi atención y terminaron de turbar mis pensamientos. A decir verdad, hasta ese momento no había recordado lo mucho que me gustaban sus ojos, de un verde profundo y oscuro, encantadoramente enmarcados en unas largas pestañas rubias. Sólo necesité verlos por un instante aquella noche, en el que descuidadamente giró su cabeza hacia el lado izquierdo, para captar y sucumbir ante toda su belleza y para darme cuenta de la absoluta fascinación que provocaban en mí, pues desde el momento en el que volví a fijarme en ellos no pude sacarlos de mi mente, aunque hacía rato ya que él había girado de nuevo su cabeza, dejándome tan sólo el recuerdo fugaz de su mirada perdida.


Entonces dimensioné por primera vez el ímpetu de las emociones que comenzaban a invadirme y el peligro que corría la elaborada estructura racional que gobernaba mi vida, si no refrenaba el sentimiento que dichos ojos –y su dueño- parecían causar en mi espíritu, antes que esos sentimientos me trajeran complicaciones. No era la primera vez que mi corazón se sumergía en las apacibles aguas que son las emociones incipientes, para luego hundirse en las tormentas que provocan, y ser arrastrado por las olas de amargura en las que pronto se convierten los remansos de agua dulce; de manera que sonaba apenas lógico y razonable que este quisiera prevenirme de los daños que habría de sufrir si me seguía embelesando de la forma en que ya lo estaba haciendo, so pena de sufrir él mismo las consecuencias. Me sonreí por el contraste entre la lucidez del pensamiento y la forma dramática que tenía de materializarse en mi cabeza el peligro que encendía mis alarmas, pero parecía que la voz de mi alma de poetisa no podía silenciarse, ni siquiera en las situaciones que la razón consideraba más desesperadas. Así que esa noche, antes de intentar hacerle caso a las advertencias de mi cerebro -por más contrario que esto fuera a mis deseos-, decidí sucumbir a un último momento de delirio poético, para determinar que luego de perderse en tantas miradas, mi corazón había aprendido a distinguir el verde de esos ojos como el color que presagia las tempestades.


Y arrullada por esta reflexión, me concentré en la reunión que por fin daba comienzo…


#prosa #tempestad #amores #incipientes

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