• Mariana Escobar

Alborada

Me llenó de su recuerdo

El aire de la madrugada;

En mi pecho se alzaron cenizas,

De memorias que ayer fueran brasas.

La alondra, enternecida,

Se posó sobre mi ventana

Y silbó para mí su canción,

Para enjugar toda mi nostalgia.


Es ya de día en mi balcón,

Pero, en mi interior, aún no llega el alba;

Se la llevó en la luz de sus ojos,

Con mi corazón, y unas cuantas cartas.

Las rosas ya están marchitas,

Pétalo a pétalo, deshojadas;

Pero las espinas han florecido,

Y hoy son ellas las que me abrazan.


¡Diciembre, dulce Diciembre!


Te llevaste mi ilusión en tus días,

En tus horas, toda mi esperanza;

Con la misma aguja tejiste alegrías,

Y luego me cosiste mortaja.


Tan dulce en la bienvenida,

Como, en la despedida, amarga;

Que fui tan libre en tus cadenas,

Como prisionera en tus alas.

Y se besó la miel de sus labios

Con la hiel de mis lágrimas,

En un néctar que, en tus albores,

Aún me hiere… Aún me embriaga.


Hoy florecieron tus poinsettias,

Las de él, florecerán mañana…

Y, por eso, he sembrado en mis altares,

Con su nombre, postrer plegaria.

Será mi último regalo al viento,

Por las palabras no pronunciadas;

Y mi última ofrenda al silencio

Que hoy une nuestras almas.


¡Diciembre, dulce Diciembre!


Trajiste olvido en zarzas ardientes,

Y ofrendas mecidas en trozos de escarcha;

Rompiste hilos rojos con gotas de sangre,

Con agua bendita, lavaste herida profana.


Cantará la alondra canción distinta,

Nueva melodía habrá en su garganta;

Por la redención que hoy me extiendes,

Por la salvación que mora en tus llagas.

Y, cuando los fuegos enciendan la noche,

Uniendo mi cruz a su lápida,

Habrá una nueva estación en mis prados,

Y otra oración para mi Alborada.

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