• Mariana Escobar

Rapsodia De Tempestades


Alana odiaba bailar. Se sentía torpe, patética y tan insegura, como no se sentía en otros aspectos de su vida. Si tenía la desgracia de ser invitada a una reunión, prefería atornillarse a una mesa y hablar sobre los demás invitados; beber gaseosa como si no hubiese un mañana, o huir a los jardines en cuanto hubiese oportunidad. Esta vez la suerte no estaría de su lado. Era la presentación de su hermana pequeña, y no sólo sería imposible escapar; también tendría que bailar. Y ahí estaba, abrazada a Miguel, mientras sonaba la melodía más inoportuna del mundo –suave, romántica, íntima-, y sus labios invocaban que el tiempo se detuviera o se escurriese como agua; pero nada sucedía.


Empezaba a pensar que haber aceptado la ayuda de Miguel no había sido buena idea. Maldito fuese. Se había reído de ella hasta el cansancio, sabiendo lo mucho que Alana detestaba su situación. Lo había odiado en ese instante. Sin embargo, Miguel se había ofrecido a practicar con ella durante las tardes; y esa posibilidad le había sonado a gloria en aquel momento, especialmente porque Miguel era un excelente bailarín. Ahora, la perspectiva de hacer los honores a su hermana le parecía el menor de sus problemas.


Era una de aquellas tardes y estaba peor que nunca. Su cercanía con aquel coloso de cabello rubio, estaba haciendo estragos en su ritmo cardíaco sin influir en el de sus pies; más que para hacerlos más torpes, si es que ello era posible. Aquel perfume suyo, amaderado y ligeramente dulce; su pecho cálido a la altura de su cabeza, como si hubiese sido diseñado para contenerla; sus brazos firmes que sostenían su cintura con sutileza; todo parecía pensado para perturbar sus pensamientos. Lo peor es que Miguel permanecía imperturbable. Para él, era una amiga más. La mejor, desde que eran niños; pero una amiga, al fin y al cabo. Soy una estúpida–se dijo, pensando más en su situación con Miguel, que en sus fallidas clases-. Hay formas más benignas de hacer el ridículo.


-Sigue así, y Tina tendrá que conseguir otra hermana-. La voz de Miguel la trajo de vuelta.

-Reemplázame tú, serías la hermana perfecta. Seguro que Tina piensa igual.

-No, gracias, tengo suficiente contigo. Pero concéntrate, mujer. Así no lograremos nada.

-No me gustan las melodías románticas, es todo. Eso, y que eres un pésimo maestro.

-Ahh, ¿Sí? No me digas


Miguel la miró divertido, y en un rápido movimiento de baile la apartó a la distancia de sus brazos extendidos; luego tiró de ella, acercándola a milímetros de sí, y se inclinó hacia adelante, hasta dejar la cabeza de ella a la altura del suelo . Sus miradas se cruzaron por un segundo eterno. Alana sintió su corazón palpitar al borde de la taquicardia, y su reflejo fue alejarlo, tratando de recuperar el aliento. Miguel la soltó, entre confundido y avergonzado.


-Lo siento, sólo traté de despabilarte porque estabas alienada. No pensé que te fueras a poner así-. Alana, con las mejillas encendidas, hizo su mejor esfuerzo por parecer normal.


-Me asustaste, nada más. Con lo torpe que eres, pensé que me dejarías caer.


-¿Es eso, o estabas esperando que te besara, y te desilusionó que no lo hiciera?-. Él solía provocarla de esa forma, pero Alana no estaba de humor. Su rostro se encendió aún más.


-A que se te ocurrió, pero no tuviste el valor- Lo retó con la mirada-. Miguel se mordió los labios, se aproximó a ella y la tomó nuevamente de la cintura, los ojos fijos en los suyos.


-Se me ocurrió; pero creo que no estás preparada…


Se miraron por un instante que se hizo demasiado largo. Miguel se había puesto serio de repente y Alana, aunque deseaba apartar la mirada, no podía hacerlo. Se sentía hechizada por el brillo de sus ojos, por la decisión de su abrazo, por la promesa de sus labios. No podría explicarlo, pero algo en su actitud le decía que él no bromeaba; parecía esperar una señal, un indicio para continuar. Finalmente la dejó, como si hubiese entendido que la señal no llegaría, y quisiera recoger los restos de sus esfuerzos vanos.


-Sólo era una broma. Venga, ya, olvídalo.


Miguel trató de aliviar la tensión entre los dos. Sentía que había dado un paso en falso y temía haberlo arruinado todo. Necesitaba recuperar el sentido de realidad, hacerle creer que nada había cambiado, pero ella no respondía. Alana seguía petrificada, con los ojos anclados en el suelo. Hacía una milésima de segundo estaba convencida de que su ilusión era una utopía; ahora no sabía qué camino tomar. Era como si su vida se hubiese convertido en un baile y no pudiese seguir su ritmo. No era capaz de mirar a Miguel.


Por un instante volvieron a su mente los momentos que habían vivido desde la infancia; la timidez de él, frente a su loco devenir por la vida; la última vez que llorara desilusiones en su pecho; la primera que ella curara raspones en sus rodillas. Lo amaba, pero tenía miedo de perderlo; que un paso hacia la dirección equivocada, tirara por la borda una vida entera. Había dos formas de afrontar aquello; huir de un instante pasajero que podría comprometer lo único verdadero que habían tenido nunca; o saltar al vacío, sabiendo que a veces vale más un segundo en la tempestad más violenta, que cien en la calma más perfecta. Había tomado su decisión. Pero también había decidido que no la tomaría sola.


-¿Recuerdas esa película, aquella escena sobre la pastilla roja y la azul?- Alana sonrió, todavía la mirada en el suelo, rompiendo el silencio que los separaba; su voz se había vuelto soñadora, como si se hubiese sumergido en el tiempo que estaba evocando-. Solíamos preguntarnos qué haríamos en una situación así. Quedarnos en el tedio estable de lo conocido, o hundirnos en la turbulencia de lo incierto. Siempre terminábamos peleando; yo, enojada contigo por ese afán de asirte a lo seguro; tú, molesto por mi carácter irreflexivo. No imaginé que estaríamos alguna vez en esa circunstancia…


Miguel se quedó mirándola, sorprendido. Había esperado cualquier respuesta de su parte, menos esa. Pero comprendió. Y ahora, aquella angustia que la había inundado a ella, parecían haber comenzado a atormentarlo a él. La disyuntiva era la misma; olvidar y vivir como si aquel momento no hubiese sucedido nunca, o adentrarse en un mundo desconocido, espinoso, que podría acabar con los dos. Alana había dejado la última decisión en sus manos, y no porque a ella le costase decidirse, sino porque ya había hecho su propia elección. Él tenía que hacer la suya. Los segundos pasaron eternos, mientras la música seguía sonando, ajena a la tempestad que se gestaba en su corazón.


Alana levantó por un momento los ojos, para mirar de reojo a Miguel. Él seguía lidiando con sus emociones. Nunca se le había dado bien eso de arriesgarse. Lo veía en las muchas ocasiones del pasado, en las que había sido ella quien lo tomara de la mano, luchando a golpes contra su cobardía invencible. Y no necesitó más. Había entendido que no estaba listo, que quizás nunca lo estaría; y eso también era una decisión. Lo miró con ternura, hasta que él le devolvió la mirada. Sus ojos verdes que cambiaban con el sol, como un cielo presa de mil tormentas, perdidos en los ojos negros de ella que parecían siempre despejados y sin sombras. Alana tocó suavemente su mejilla y le sonrió con complicidad. La pastilla había sido tomada, igual que su determinación.


-Anda, que la música no ha terminado. A como sigas mirando el vacío no voy a aprender nunca. ¿O es que alucinar como un zombie es tu nueva técnica de enseñanza?


Miguel tardó en reaccionar. Siempre había sido más lento. Caminando a gatas, mientras ella parecía volar. Ahí seguía ella; con esa sonrisa que solía cortarle la respiración, y que le estaba dando un claro mensaje. Pero él ya había hecho su elección. La pastilla azul era un placebo; sería un tonto si creyese que todo habría de seguir igual después de esto. Podrían fingirlo, pero estaba seguro que ninguno iba a olvidar. Él no, por lo menos.


Entonces, se irguió y aferró con más decisión su cintura, acercándola más a sí. Ella se preparó para seguir su lección. Pero en lugar de reanudar el baile, Miguel tomó su rostro con la mano que tenía libre, y sin dejar nunca de mirarla, hizo descansar sus labios en los suyos, liberando los sentimientos que llevaba atorados en el alma hacía tiempo. Fue un beso dulce, cálido e intenso que tomó por sorpresa a Alana. Pero una vez recuperada de su desconcierto inicial, cerró los ojos para unirse en aquella sinfonía, y acunó sus manos en el rostro de él, mientras él la aprisionaba más fuerte. De repente, ella había descubierto que había una melodía que sí podía seguir hasta el fin del tiempo; y era el desaforado latido de aquel pecho que latía al mismo ritmo que el suyo, y que después de todo, sí estaba hecho para apoyar su cabeza…

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