• Mariana Escobar

Del Amor En Las Musas Por Otros Demonios


Posiblemente, estas sean mis últimas líneas, en lo que puede considerarse una hermosa, pero corta vida como escritora. Los hechos que narraré a continuación, por extraños que parezcan, podrán explicar las circunstancias que han dado lugar a esta obligada separación.


¿Por dónde podría empezar? El tiempo es corto y las sombras que me persiguen pueden aparecer en cualquier momento, truncando mis propósitos de dejar este testimonio para la posteridad. Trataré, pues, de hacer algo de lo que nunca fui capaz, antes de este instante: ser breve. Escribir jamás había sido tan peligroso para mí, como lo es ahora.


Mi musa se ha enamorado. Ya lo he dicho. Ese ser del que tanto hablan los poetas, esa deidad sin forma que los visita para tejer hermosos versos, en mi caso, es real; y lo es de tal manera, que vive como una parte separada de mi ser, gozando de una libertad de pensamiento y una autonomía, que nunca antes llegué a lamentar. Al principio, era una cría caprichosa que me visitaba cuando se le pegaba la gana, para desaparecer por meses, dejándome sólo versos inconclusos; pero cuando fue madurando y vio el provecho que podría significarle el que yo me convirtiese en una reconocida escritora, llegamos a un acuerdo casi comercial. Y allí, surgieron mis escritos. Sagrados, prolíficos… Completos. Nos convertimos en una sociedad de versos, destinada a la elaboración de poemas de ensueño, que habrían de grabar nuestros nombres en el altar de la historia. Al menos, esa era nuestra intención. Fueron meses maravillosos, en los que ambas luchamos hombro a hombro, para alcanzar el mundo con nuestra obra y hacer nuestros sueños realidad. Lo que sea que eso significara para cada una.


Pero, entonces, llegó él. ¿Cómo lo conoció? Es algo que ignoro e ignoraré siempre. Pero no tardé en empezar a notar que mi musa, antaño tan eficiente, de repente olvidaba las cosas más sencillas; algo que, en su mente inquieta y eficaz, se había vuelto impensable. Se comportaba como una adolescente, suspirando en los rincones como alma en pena, distraída; soñando despierta por senderos desconocidos que, lejos de favorecer la creación poética, habían comenzado a minar nuestra impecable producción literaria. Fue sólo cuestión de tiempo que este comportamiento amenazara, también, la calidad de nuestros escritos. Al principio, sólo eran faltas gramaticales atribuibles al auto-corrector, un aparentemente inofensivo olvido en unas tildes, una mala interpretación de verbos homófonos, en los cuales nunca he presentado yo la más mínima confusión; pero cuando las ideas se volvieron más erráticas y absurdas, y los errores más grotescos, fue que comprendí de dónde venía el puñal que me atacaba en la oscuridad, y que amenazaba con destruir lo que tanto habíamos soñado.


Es que el problema, lector, no es que mi musa se enamore. Si su nuevo estado no perjudicara nuestro futuro literario, yo sería la primera en aplaudir su fortuna en el amor. Pero, ¿Han conocido a alguna vez una chica juiciosa y bien educada que termina fijándose en el delincuente del barrio? Bueno, eso, a escala apocalíptica fue lo que le sucedió a mi musa. Porque no se había enamorado de una especie de Orfeo que añadiese a nuestros versos el arte de una lira; o un espíritu de los bosques, que la inspirase a escribir sublimes poemas. No, lector. Mil veces no. Mi musa se había enamorado de Titivillus; un demonio feo, malencarado y viejo, que solamente sabe crear confusión en aquellos que escriben, y cuya única función es plagar de errores cualquier texto que encuentre a su paso. Uno de esos desadaptados medievales que, a falta de monjes escribas para inducir a error, ha dejado a un lado los textos religiosos, para incursionar en la poesía. En otras palabras, la versión mechuda, gandul y desadaptada de los espíritus de letras. El panorama no podía ser peor.


Como puedes imaginar, traté por todos los medios de razonar con ella; de hacerle comprender la equivocación que cometía al involucrarse con alguien, que sólo deseaba arruinar sus intentos por producir literatura. Como también podrás deducir, mis esfuerzos han sido un rotundo fracaso. Ahora, no solamente nuestra actividad literaria ha caído en el más profundo abismo, sino que también se ha echado a perder la armónica relación que había entre las dos. Ambos se han rebelado en mi contra, y planean continuar su carrera sin mí; eso sí, apoderándose de mi nombre y de mi imagen, para publicar sus textos malogrados y atribuirme cada una de sus faltas; con lo que, seguramente, acabaré hundida en el lodo de la crítica especializada. Y eso, estimado lector, no lo pienso permitir.


Es por eso que estoy aquí, escondida, dejando por escrito lo último que ellos no han podido tocar. Pero el tiempo apremia y no tardarán en encontrarme. Después de todo, ese individuo es experto en localizar cualquier texto escrito, para destruirlo sin piedad. Si acaso te llegase este texto con alguna falta de sintaxis o estilo, o quizás con una imperdonable falta gramatical, sabrás que ha tenido éxito en sus maquinaciones. Sin embargo, ese demonio de los avernos y mi idiotizada musa, no cuentan con que tengo un plan para acabar con sus intenciones perversas. No, aún no se esperan lo que está a punto de suceder. Desde mi escondite los veo buscarme, y me río interiormente, sabiendo que su tórrido romance tiene las horas contadas.


Pero no te apures, lector, no puedo decirte lo que tengo pensado hacer. Esa es una de las maravillas de mi plan. No lo he dejado por escrito, sino a buen resguardo, por otros medios y con instrucciones precisas, a fin de que ese gandul no pueda destruirlo.


Esto será lo último que sabrás de mí. De la verdadera yo, por lo menos. Si he triunfado en mis designios, me verás volver, acaso escribiendo desgarradores versos sobre el desamor, producto de una musa arrepentida, que verterá en mi pluma todo su veneno; si, por el contrario, mis próximas creaciones (o lo que creas que son mías) están cada vez más vacías, estúpidas y carentes de valor, has de saber que he sucumbido, y moriré desacreditada, como tantos otros antes de mí. Pero, por lo menos, sabrás la verdad.


Debo dejarte, lector. Mi musa traidora me ha encontrado, y en contadas horas seré obligada a transcribir algún texto de pésima calidad, como todo lo que hace ese horrible ser, mas firmándolo con mi nombre, con lo que habrá una mácula más en mi historial lírico. Espérame, lector, no me olvides. Pronto tendrás noticias mías.


Cambio y fuera.

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