• Mariana Escobar

Sillas Vacías


Siempre imaginé que ese día estarías conmigo. Que en el momento en que mis fuerzas flaquearan y me traicionaran los nervios, bastaría con buscar tu mirada en el fondo de aquel salón, para encontrar ese algo que me ayudara a seguir hasta el final. Y que podría dirigirte una sonrisa cómplice, tras el último agradecimiento, en la que pudieses leer todo lo que mi corazón no se atrevía a expresar con palabras.


Deseaba superar cada obstáculo contigo, vivir cada triunfo a tu lado. Poder leer en tus ojos que estabas orgulloso de mí, y tomar tu mano para abandonar el mundo si era necesario. Tu compañía, más que cualquier otra cosa; tú, más que cualquier otra persona.


Sin embargo, a pocas horas de emprender el camino hacia la cúspide de un sueño, me encuentro sola. Hoy sé que, en el instante en que mire hacia aquel rincón, sólo encontraré una silla vacía, como mi propia alma, en la que no he de percibir ni siquiera tu sombra. Que no estarás para ahuyentar mis miedos, ni para arropar mis dudas; que no entrarás por esa puerta, para volar conmigo hacia el mismo cielo. Y lo peor, sé que no te imaginas que haya sido yo quien lo decidiera así.


Me pregunta mi corazón si acaso ha de resistir la tristeza de no verte, en el día más importante de mi vida; si no he de preguntarme mil veces en qué lugar estarás. Y le contesto que, aunque tu ausencia me pese en lo más hondo, como una herida profunda, me hará más daño tu presencia, que sin duda habrá de partirme en pedazos. Y no puedo ni quiero llorar. Hoy no. Quizás me permita esa debilidad mañana. Por ahora, cerrar las cortinas a tu fantasma, será sólo una forma de entender que hace mucho tiempo que saliste por la ventana, y de hacer lo propio para hallar mi propia senda. Incluso, estoy segura que un día, mi corazón lo entenderá, aunque hoy no quiera. Y la cicatriz se borrará sin dejar huella.


Abandono la sala. Pronto comenzará a llenarse, salvo aquel rincón de telarañas marchitas donde no estarás. Y yo debo estar lista para cubrirlo con mi voz, para eclipsar cualquier ausencia con una lluvia de aplausos. Sólo faltará el tuyo, con esa sonrisa de medialuna que hacía explotar las estrellas, pero hace tanto tiempo que me acostumbré a tu silencio, que sé que sobreviviré un día más sin tu aliento, un espectro más sin tu penumbra. Y por eso, sé que hoy seré capaz de brillar, bajo mi propia luz, aunque tu sol ya no me cubra.


Hoy será mi propia estela, no la tuya, la que haga explotar las estrellas…

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