• Mariana Escobar

El Águila Y El Fénix- Parte II


Isabel miró a su hija. No sabía qué esperar. Finalmente, Mariana, sin dejar nunca de fijar la vista en cada uno de los miembros del consejo, habló:


-Yo soy la hija del rey Alfonso, el último bastión de su dinastía y su legado; y el pueblo no ha olvidado a mi padre, ni olvida por qué estoy sentada en el trono. No deben olvidar que Felipe de Montmorency y su familia asesinaron a mi hermana Margarita, la legítima heredera, tiñendo de sangre y tristeza esta tierra pacífica; no deben olvidar que hace dos meses quiso hacer lo propio conmigo, secuestrándome el día de mi boda y reteniéndome a la fuerza en manos de asesinos-. Respiró por un momento, sobrecogida por el esfuerzo, y continuó. Felipe de Montmorency, al asesinar a mi hermana y precipitar la muerte de mi padre, puso esta corona en mi cabeza; y no debe esperar que yo la entregue sin pelear hasta las últimas consecuencias. Ya lo apuñalé una vez –en esta ocasión, elevó su cabeza con orgullo, mirando al consejo-. Si no lo maté en aquel momento, os aseguro que la próxima, no he de equivocarme. Os lo repito, es él o yo.


Isabel guardó silencio. Ambas mujeres se midieron por un instante. La joven de ojos oscuros, como los de su padre, frente a los límpidos ojos claros de su madre. Era, sin embargo, su mirada, su propia mirada, en unas pupilas tan oscuras como la noche. El fuego que la consumía, como el que siempre había devorado su propia alma. ¿Quién era esta joven que tenía frente a ella? Era su hija, con un impulso que no le había visto jamás; pero era también la hija de su padre, con su nobleza, con la alta conciencia de su deber que siempre le admiró. Miró en derredor. No sabía de dónde había sacado aquella firmeza, ni si el ímpetu que la dominaba habría de ser pasajero, pero algo estaba claro; pese a su inexperiencia, había conmovido a los nobles de la sala, se notaba en sus miradas. Y sabía de sobra que los grandes líderes se distinguen por ganar la lealtad de aquellos que les sirven; si lograba hacer lo mismo con los demás, quizás no todo estuviese perdido. Y entonces vio cómo Pedro Guzmán, el hombre en quien más confiaba, se presentó ante la aún joven princesa, y se arrodilló delante suyo.


-Sois la hija de Alfonso, mi señora. Tenéis su bondad, y el valor de vuestra madre. Yo os ofrezco mi espada y mis servicios, y os juro fidelidad. Mientras vos estéis viva, mi deber será luchar y morir por defender vuestro derecho.


Los demás nobles, impresionados por este gesto, también ofrecieron sus vidas y sus espadas para luchar por ella. Habían recordado, por un instante, cuál era su motivo para pelear. Mariana era, en aquel momento crucial, un líder digno por el cual derramar su sangre, porque estaba dispuesta a luchar por lo que era suyo; y porque había llegado para recordarles a todos que ese era su lugar. No iban a defraudar a Alfonso. Iban a proteger con su propia vida a su única hija; la única que tenía derecho a ocupar su trono.


-Tenéis algo en mente, majestad. Puedo verlo. ¿Qué proponéis?- Menos propensa a las emociones, Isabel era, sin embargo, presa de la misma conmoción. Su callada pregunta fue la confirmación que Mariana necesitaba. Ella no doblaría la rodilla; Mariana lo sabía. Pero doblaría su voluntad, y eso era más que suficiente.


Isabel le indicó la silla que ocupaba momentos antes, para que presidiera el resto del consejo. Mariana sonrió por primera vez a su madre. Una sonrisa tímida y sencilla, casi imperceptible, que Isabel le devolvió de igual forma. Eran madre e hija en todo sentido. Para todos quedó más que evidente lo que Mariana representaba en ese momento. La reina-niña (como la llamaban hasta ese entonces) se sentó, y don Pedro ofreció su lugar a Isabel, junto a su hija. Todos los presentes, reunidos entonces en torno a la reina, estuvieron atentos para escuchar lo que ella tenía por decir.


-¿Hace cuánto que la corte no visita sus reinos, madre?


-Desde que murió vuestro padre, lo sabéis


-Creo que es un momento excelente para hacerlo, ¿No coincidís conmigo? El aire de otros lugares, sin duda os sentará de maravilla-. Una pícara sonrisa iluminó el rostro dulce de Mariana.

-Mariana, no os…


-Esta es mi propuesta. Así como vosotros, el pueblo debe verme. Si los nobles no asisten o posponen las cortes, como se me ha informado –en este punto, sonrió a su madre-, será la corona quien habrá de visitarlos. El pueblo sabrá que tiene una reina. Y aquellos nobles leales a mi padre, sabrán que Alfonso el Bueno, tiene una heredera. Eso ganará su voluntad; al menos, mientras el pueblo llano nos apoye. Si son verdaderos súbditos, el recuerdo de mi padre los hará reaccionar; especialmente si les hacemos ver que apoyar a Montmorency es vender el reino a Francia. Después de todo, es el oro de Luis de Francia el que respalda su pretensión al trono. Y serán sus grilletes puestos sobre nuestro reino, si él vence.


-Mi señora- El de Ampurias levantó su voz, incómodo-. No tenemos tiempo para una corte itinerante. El francés se mueve, lo mismo que Luis de Francia, para comprar adeptos, con el oro que vos misma sugerís. Vuestra vida corre peligro, si os movéis de aquí. No podemos arriesgarnos a ello nuevamente. Infortunadamente, esto no es un concurso de popularidad. Se trata de hombres, de ejércitos, y del dinero suficiente para poder pagarlos.


Mariana le devolvió la mirada, y el hombre se estremeció. Hacía un momento había tenido el mismo estremecimiento, a raíz de una mirada azul que poseía el mismo hielo.


-Señor de Ampurias, agradezco vuestro aprecio por mi vida. Pero tened presente que Felipe de Montmorency ya logró secuestrarme en mi propio palacio, sin que ninguno de vosotros pudiese defenderme; creedme cuando os digo que en ningún lugar corro más peligro que en la cama que me receta el doctor. Por otro lado, no creo que ignoréis que no todas las guerras se ganan en el campo de batalla. Necesitamos actuar con inteligencia, y para ello, hay que pensar con claridad. El panorama, a mi humilde entender, no está tan claro como lo puede estar para vos… Desde mi humilde perspectiva, necesitamos ejércitos y fidelidad; hay que darle a los nobles un motivo para ser fieles, de tal forma que nos presten sus ejércitos. Por otro lado, os aseguro que Felipe aún tiene una herida de la cual recuperarse (bien que lo sabré yo), y no piensa más que en sanar su cuerpo y su orgullo de esa puñalada. Por el momento, no habrá ninguna intervención militar.


-¿Por qué estáis tan segura? Mientras vos os hospedáis en un cómodo castillo de Navarra, os puedo garantizar que Felipe de Montmorency no está descansando en medio de oropeles, y que sus aliados no se detendrán, aunque vos le hayáis descosido el alma con un puñal, para escapar.

Isabel meditó. No era un concurso de popularidad, era cierto; pero también lo era el hecho de que la lealtad podía ser un tema subjetivo. Nada era más efectivo que exacerbar los ánimos con sentimientos, mientras se vencían los recelos con argumentos. Los nobles querían independencia, y la odiaban a ella. Sin embargo, si el pueblo veía que su reina no era la inglesa, sino la hija del amado rey Alfonso, no dudaría en apoyarla; y los nobles lo pensarían dos veces antes de rebelarse, frente a una manifestación de fidelidad popular. Los sentimientos de admiración no ganan batallas, pero un hombre sabio debe aprender a aprovechar esos momentos y leer hacia dónde se dirige la tempestad. Además, no podía olvidarse que Montmorency era primo del rey de Francia y que le daba su apoyo para tener un rey títere con el cual hacerse a los reinos fronterizos, como Navarra. El rey gascón sería un ingenuo si diese su apoyo a Felipe, pensando que con ello obtendría la independencia que no obtenía de su relación con Aragón. Debían hacérselo saber. Y los demás nobles verían que no valdría la pena seguirlo si Navarra no se entregaba. La voz de su hija la hizo volver de su meditación.


-Mi señor, hubiese dado mil vidas por descoserle el alma; no lo logré, pero sí lo dejé con una herida que tardará en sanar. Lo sé. Y los franceses no se moverán mientras Felipe no esté recuperado, pues sin él, sus pretensiones no tienen lugar. No se arriesgarán por un hombre que quizás pronto esté muerto.


Los murmullos generales no se hicieron esperar. La incomodidad del conde de Ampurias era notoria.


-Creo que Su majestad puede tener razón-. Don Pedro rompió el silencio-. Los nobles traidores que han pensado apoyarlo, tampoco se arriesgarán. Tienen mucho que temer si se exponen a desafiar a la corona, y su adalid finalmente sucumbe al puñal de una doncella. –Sonrío e hizo una venia a Mariana-. Creo que los rebeldes lo saben, pero están dispuestos a acorralarnos para comprar un apoyo que deben y necesitan dar gratuitamente. Felipe no es una apuesta segura, mientras no pueda precisarse si sobrevivirá, y mientras Luis de Francia esté detrás de todas sus promesas. Intentan retrasar los homenajes en las Cortes, para que la reina regente se sienta presionada a ceder. Buscan nuestra debilidad. Y no deben encontrarla.


-Si nos preparamos lo suficiente, no la encontrarán-. Isabel miró a su valido, y este le devolvió la mirada con una reverencia. Lo mejor sería iniciar con Navarra. Una corte itinerante que recorra, principalmente, los territorios de los nobles que se niegan a cooperar; por fuera, será una forma de acercarse al pueblo; por dentro, una fastuosa demostración de que estamos fuertes y que sabemos que nos necesitan tanto como nosotros precisamos de ellos. Luego, visitaremos a aquellos que nos son adictos, para que sepan que la corona de Aragón sabe reconocer y premiar la lealtad; así como castiga fuertemente la traición.


Su mirada azul se encontró nuevamente con la de su hija, y viajó para recorrer los rostros de sus consejeros. Veía orgullo, fe, lealtad; pero también recelos y miedo… La lucha por el trono acababa de empezar, y no parecía tan perdida como se figuraba minutos antes. La situación era la misma, pero esta vez contaba con algo más que con las voces en su cabeza.


-Hija mía, empiezo a pensar que, en efecto, necesito un cambio de aires…


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